EL LENGUAJE EN LA PARED

Aproximación al problema del sentido

en el agente penitenciario

He visto la escritura en el muro.

No pienses que necesito algo en absoluto.

En suma, todo no es más que ladrillos en el muro.

Tú no eres más que otro ladrillo en la pared1

LOS PRESOS TIENEN MAS DERECHOS HUMANOS QUE NOSOTROS.”

Cuando se trata de abordar la cuestión de las formas de aplicación de las penas de privación de la libertad, en el marco de la legislación vigente, se pone énfasis, ante todo, en las condiciones en las que debe permanecer el interno.

Esto se debe a que, en los últimos 60 años, se viene operando en la sociedad occidental, un cambio en la conciencia social, con relación a los derechos humanos y a la consideración de la persona detenida, en tanto, sujeto de derechos. El costo de tal viraje ha sido muy alto: la humanidad debió asistir perpleja a los horrores de Auschwitz-Birkenau, de los Gulags de Siberia, de los tantos genocidios en masa que aún hoy sorprenden a la opinión pública. Argentina, lejos de sustraerse a esta experiencia, padeció internamente el fenómeno del terrorismo de Estado, que definió, considerablemente, como efecto y contraparte, la firme dirección general actual de sus políticas sobre derechos humanos, en democracia.

Es por lo mismo que, en el ámbito penitenciario, las condiciones de la persona privada de la libertad, en razón de la ley, es continuamente motivo de preocupación, interrogación y acción. Se busca, ante todo, que los internos de una institución penitenciaria gocen de los derechos que les corresponden como personas humanas, inviolables, inderogables. Se busca recordar, frecuentemente, a los agentes penitenciarios, que los internos han sido privados del derecho de libertad ambulatoria, no de los demás derechos que les son inherentes como personas.

Las instituciones penitenciarias parecen estar marcadas por una particular sensibilidad frente a la cuestión de los derechos humanos: una parte de la sociedad teme que los DDHH, allí, no sean respetados efectivamente. Lamentablemente, los hechos del pasado en épocas de la dictadura, más algunos delitos que han salido a la luz por los medios, crean un gran manto de sospecha sobre las instituciones del Estado. Los funcionarios desean evitar, más que ninguna otra cosa, cualquier conflicto vinculado a alguna forma de violación de los DDHH en cárceles de su juridicción. Los organismos de DDHH ejercen legítimamente una vigilancia sobre tal cuestión supervisando las instituciones. Éstas, por su parte, frecuentemente, recepcionan negativamente el papel de aquellos organismos, viéndolos como quienes vienen a “sospechar” o a poner en tela de juicio la conducta de los que hacen todo lo que pueden para sostener las normas penales.

Evitando hacer casuística, debe reconocerse que la instalación de la del cultura del respeto íntegro a los DDHH es un proceso que aún debe terminar de recorrerse en las instituciones penitenciarias (como en buena parte de las instituciones de nuestra sociedad). Es verdad que existen situaciones graves donde se han vulnerado efectivamente tales derechos. Como es verdad, también, que se ha podido apelar, ante tales hechos, a recursos judiciales nacionales e internacionales, que hoy funcionan satisfactoriamente. Y también debe reconocerse que el Estado viene haciendo un esfuerzo de readecuación y ajuste de sus agentes y organismos, de modo tal que se observen, con rigor, los DDHH de las personas en situación de detención.

El reconocimiento y la vigencia de los DDHH no da lugar a cuestionamiento alguno; sin embargo, algunas opiniones que pueden recogerse en el ámbito de los agentes penitenciarios evidencian cierto malestar sobre el que vale la pena detenerse. Incluso, entre el círculo de los asistentes a la presente capacitación, se pudo oir con algún ánimo reinvindicativo la expresión: “los internos tienen más derechos humanos que nosotros”.

En realidad, los DDHH no son para unos más que para otros, no son de izquierda o de derecha. Los DDHH son de todas y cada una de las personas. La violación de uno de tales derechos merece la condena, proceda, tal delito, de quien sea, y ciertamente, siempre es más grave si procede de un funcionario público en sus funciones.

Pero ¿qué hay detrás de aquella expresión? ¿No existe, tal vez, un reclamo de ser, justamente, tenidos en cuenta? Si bien no se puede admitir ni la más mínima queja de parte de los agentes penitenciarios, por tener que observar rigurosamente todos los DDHH de los detenidos, no obstante, debería atenderse en qué medida, aquellas palabras no traducen un real descuido del Estado con relación a la persona de los agentes penitenciarios.

Es verdad que, a una cultura instalada, del respeto a los DDHH, le corresponde un principio de prioridad en la observancia de los DDHH de los más vulnerables, y entre ellos debe contarse a las personas en privación de su libertad, justamente porque esto los pone en cierta situación de indefensión frente a los que se hallan en libertad.

Pero aquella voz procedente de los agentes penitenciarios no debería ser recepcionada sólo desde tal principio. Más bien debería juzgarse en su valor denotativo, no tanto por lo que equívocamente dice, sino por lo que sugiere: hay una falta con respecto a los agentes penitenciarios, que suele invisibilizarse2 desde el poder político, no ingenuamente.

Cuando se logra que los agentes penitenciarios, sobre todo, los guardias, puedan verbalizar el reclamo que está tras aquella expresión, puede constatarse en general, que éste gira en torno a

  • el desempeño de tareas en unidades no suficientemente aptas para el cumplimiento adecuado de la función penitenciaria,

  • el cumplimiento de horarios laborales extensos,

  • la debida aceptación pasiva de todo cambio de horario, tarea o traslado, sin espacio de reclamo.

  • un nivel de remuneración insuficiente que se contrapone con la exigencia requerida para el cumplimiento de sus funciones.

En estas condiciones, los agentes penitenciarios “conviven” con los internos cumpliendo básicamente una función que se limita a atender sus demandas y reclamos a efectos de mantener el orden, evitar la generación de situaciones conflictivas, y observar los dispositivos de seguridad para que ninguno de ellos se fugue.

El desempeño de los agentes en estas circunstancias, genera, por un lado, una prestación de servicios no suficientemente adecuada aún a lo previsto por la legislación, y lo esperable desde la nueva sensibilidad desarrollada en torno al cuidado de los DDHH, y por otro lado, la insatisfacción de los agentes, que se muestran visiblemente desmotivados.

En atención a esto, resulta necesaria la revalorización y jerarquización de la función del agente penitenciario.

En 1946, el Dr. Winnicot, experto en investigaciones vinculadas a la delincuencia en niños y adolescentes, expresaba francamente la necesidad de contar con dispositivos de atención especial a las personas que trabajan en institutos de privación de la libertad: “El trabajo realizado en estos institutos con unos pocos niños y personal adecuado está a cargo de los custodios. Estos deben ser idóneos desde el comienzo, pero necesitan educación y oportunidades para revisar su labor a medida que la realizan, y también deben contar con alguien que medie entre ellos y esa cosa impersonal llamada ministerio. En el proyecto que conocí, esta tarea estaba a cargo del asistente social psiquiátrico y del psiquiatra.”3

La reflexión de Winnicot se ajusta perfectamente a la demanda de los que trabajan con adultos privados de libertad. Vale la pena subrayar cada aspecto al que se refiere:

  • idoneidad desde el comienzo.

  • educación.

  • oportunidad de revisar su labor.

  • mediación con relación a la instancia política.

  • asistencia social y psiquiátrica.

De acuerdo a lo dicho, muchos de estos aspectos no se cumplan satisfactoriamente en los agentes penitenciarios, lo que puede leerse en la demanda acerca de sus derechos a la que hemos aludido.

La cuestión de la idoneidad refiere al tema de la selección de personal. Sabido es que la mayoría de las personas que solicitan ingresar al Servicio Penitenciario, lo hacen tras la búsqueda de un trabajo estable y no movidos por una “vocación” penitenciaria. Pero el hecho de que no exista al inicio una motivación vocacional para la elección del oficio no significa que ésta no pueda generarse a partir de la llegada de la persona al sistema. La capacitación previa al ingreso debería cumplir con esta expectativa fundamental: generar un nivel suficiente de motivación en el ingresante.

La educación es un derecho básico, sobre todo, en aquel que se apresta a cumplir una tarea de servicio a la sociedad tan delicada como es el tratamiento de las personas privadas de libertad. La necesidad de que éste requisito se cumpla es directamente proporcional al grado de contacto que se deba tener con los internos, de acuerdo a las funciones que se cumplan en una unidad penitenciaria. Esto significa que, a mayor contacto, mayor formación para el contacto. En el sistema actual esto no se cumple satisfactoriamente. La capacitación de los oficiales contempla tres años de estudios. La de los suboficiales, destinados en la práctica, al contacto más inmediato con los internos (el guardia) 3 meses. Sin modificar lo primero, debería mejorarse lo segundo de acuerdo al principio establecido.

La oportunidad de revisar la labor, debe traducirse en capacitación permanente. Es un logro la existencia de las capacitaciones vinculadas al ascenso, como la que motiva el presente informe. Tal vez deban incrementarse dispositivos semejantes, sobre todo, destinados a los guardias. Es muy elocuente que, éstos mismos expresen frecuentemente, la necesidad de que tales mecanismos existan en el sistema penitenciario.

La existencia de una mediación con la instancia política tiene que ver con lallegada eficaz de las inquietudes, preguntas, demandas del personal penitenciario, sobre todo las de los guardias, lo que debería simplificarse al máximo. La demora de expedientes y la burocracia, en esto, conspira contra la imagen que el penitenciario construye sobre sí mismo, contribuyendo a su desgaste.

Es interesante aquí la expresión de Winnicot: “esa cosa impersonal llamada Ministerio”. Cuántas veces el agente penitenciario experimenta como un ente impersonal y despersonalizante todo el aparato político-administrativo del que depende: no sabe adónde hablar, a quién referirse. No cree que sirva expresar sus dudas, sus demandas. Cree sólo en los contactos para-institucionales: hay que tener “conocidos” que muevan expedientes. Toda esta cuestión recae en el ámbito de lo que se ha denominado, en el contexto del curso de capacitación (que da lugar al presente informe): “gestión de la comunicación”. Es decir, a la comunicación formal, que se produce usualmente en sentido descendente, es decir, de la conducción hacia los empleados, siendo la única que se reconoce como “oficial”, debe sumársele la comunicación ascendente, que en este tipo de cultura no suele ser reconocida, y que opera, por tanto, por vías informales o no previstas. La comunicación informal, o la necesidad de interacción humana es indispensable e inevitable. Por ello, cuando la organización no prevé canales formales, suficientes y adecuados a las necesidades de comunicación de los diferentes actores de la organización, ellos mismos tratarán de procurarla, a través de mecanismos alternativos, entre los que se destaca la “radio pasillo” o rumor. El rumor en sí mismo no es ni bueno ni malo. Por un lado, refuerza la cohesión grupal, genera y fortalece la cultura de la organización, permite aclarar comunicaciones ambiguas o deficientes, se transmite con mayor rapidez. Como contrapartida, está expuesto a procesos de distorsión y suele tener una gran capacidad de convencimiento y credibilidad, cosa que si la información ha sido distorsionada, la rectificación de lo instalado a través del rumor, se vuelve de difícil solución, generando malentendidos, mal humor, etc.

Reuniones de gabinete, reuniones de equipo, jornadas de trabajo, seminarios, listas de correo, que den a cada uno la información relevante y pertinente para la toma de decisiones y el desempeño funcional, favorecerá un mejor clima laboral, y la reducción del rumor como mecanismo de compensación informacional.

Aquello a lo que Winnicot se refiere con “alguien que medie”, tiene que ver con estas instancias que se ofrecen como canales de comunicación ascendente, que confieren más seguridad al agente penitenciario y disminuyen los efectos negativos del rumor, haciendo que la comunicación sea ascendente, descendente y bilateral, esto es, cuando el emisor y el receptor alternan sus roles, o incluso multilateral, cuando un grupo de individuos participa activamente (interactúa) en un proceso en el cual adoptan alternativamente el rol de emisor y receptor.4

La mención en Winnicot sobre asistencia social y psiquiátrica, pone en el centro, la complejidad y especificidad del trabajo con personas privadas de la libertad, lo que no debería negarse, tendencia que parece aflorar en el imaginario social: De la especificidad del oficio del agente penitenciario no se habla. El tratamiento de internos de una unidad penitenciaria amerita la existencia de dispositivos de acompañamiento terapéutico permanente y no de aparición circunstancial, cuando se producen daños a causa de la complejidad de la tarea. El acompañamiento terapéutico no puede ser visto desde el lugar de la clínica, sino desde el lugar de la capacitación y educación permanente. Es decir, la catarsis no debe ser vista como propia de un enfermo psíquico, sino como recurso necesario en toda persona, en particular, en aquella que se desempeña laboralmente en ámbitos generadores de estrés debido al contacto con situaciones de peligro o con cuadro psicóticos o psicopatológicos.

Los dispositivos aludidos en el punto anterior, propios de la gestión de la comunicación ascendente, multilateral: reuniones de equipo, capacitaciones, etc. ofrecen frecuentemente, un valor catárquico que no debería ser negado, ni subestimado.

LA CONSTRUCCION SOCIAL DEL SIGNIFICADO

El mejoramiento de cualquiera de los aspectos considerados a partir de la cita de Winnicot, contribuye a atender la demanda escondida tras aquella expresión, acerca de los derechos de los agentes penitenciarios, envuelta en el rumor circulante en el sistema penitenciario.

Pero tal vez sea necesario calar más a fondo en el significado de la expresión: “los internos tienen más derechos humanos que nosotros.”

El rol del agente penitenciario, lejos de ser un dato universal y abstracto, pertenece al universo de significaciones que sustenta su ambiente social. Los hombres producen juntos un ambiente social con la totalidad de sus formaciones socio-culturales y psicológicas.5Los significados, vehiculizados a través del lenguaje se objetivan en las creaciones de la cultura de una sociedad: ideologías, sistemas de creencias, códigos morales, instituciones. El orden social es un producto humano, una producción humana constante, realizada por el hombre en el curso de su continua externalización… A su vez, toda actividad humana está sujeta a la habituación. Todo acto que se repite con frecuencia crea una pauta que después puede reproducirse con economía de esfuerzos y que ipso facto, es aprehendida como pauta por el que la ejecuta. 6A través de la habituación, esta realidad objetiva creada por el hombre, en un punto se la percibe como si tuviera realidad por sí misma, como una realidad ajena, no reconocible como producto. Es entonces cuando los significados objetivados en las instituciones son reabsorvidos en la conciencia como definiciones de la realidad, dictámenes de la conducta, fórmulas generales para la vida cotidiana.

A través de la dialéctica individuo – universo sociocultural se construye y mantiene la cultura. Este proceso de interacción tiene tres momentos simultáneos: externalización, o sea, la producción de significados, para lo cual el hombre desarrolla el lenguaje; objetivación, esto es, los significados son plasmados en cultura: instituciones percibidas como diferentes de quien las ha producido; internalización, momento en que el mundo objetivado es reabsorvido de tal modo que las estructuras de la sociedad pasan a determinar las estructuras subjetivas de la conciencia.

En este último momento, los individuos son iniciados en los significados que sustentan la cultura y de esta forma aceptan, podría decirse, como naturales, los roles y las identidades de la estructura social en la que están insertos. Este proceso da lugar a la tradición. Un mundo institucional, pues, se experimenta como realidad objetiva, tiene una historia que antecede al nacimiento del individuo y no es accesible a su memoria biográfica. Ya existía antes de que él naciera, y existirá despupes de su muerte. Esta historia, de por sí, como tradición de las instituciones existentes, tiene un carácter de objetividad. 7

Es importante destacar que las instancias de esta dialéctica individuo – universo sociocultural son simultáneas. Esto implica que empíricamente, la parte más importante de la habituación de la actividad humana se desarrolla en la misma medida que su institucionalización. La institucionalización aparece cada vez que se da una tipificación recíproca de acciones habitualizadas por tipos de actores. Dicho de otra forma, toda tipificación es una institución.8

De cualquier modo, no debe pensarse la relación individuo – sociedad como colocando al individuo en un lugar exclusivamente pasivo. Por el contrario, la cultura se construye permanentemente en la interacción individuo – sociedad. El individuo que reabsorve las objetivaciones de la cultura en la instancia internalizativa, es al mismo tiempo, sujeto de externalización, en tanto que reapropiándose de los significados transferidos en la cultura, los re-crea, grabando indudablemente su impronta, con sus selecciones, sus acentuaciones, sus rechazos; y simultáneamente participa de la instancia objetiva, en cuanto legitima con su aceptación las instituciones dadas o las cuestiona contribuyendo a generar otras.

Cornelius Castoriadis introdujo la idea de imaginario social para referirse a la trama de significaciones que constituye el alma de la cultura. El imaginario social es un magma de significaciones imaginarias sociales. 9Es aquello que está detrás de todos los productos culturales y de las instituciones de una sociedad, dándole cohesión.

La introducción de un principio imaginario en la construcción de lo social le permite a Castoriadis señalar, en primer lugar, algo que pertenece al ámbito del espíritu, algo que no está llevado puramente de la fuerza de la necesidad, lo que lo saca de la mera funcionalidad. Es por esto que el imaginario social es la fuerza creadora de los pueblos.

Por otra parte, la introducción de esa capacidad colectiva de crear imágenes da cuenta del mundo humano como cultura, sustrayéndose a una mirada naturalista. Finalmente, la referencia a lo “imaginario” da posibilidad de que el principio constructivo del orden social no sea completamente “racional”, sino que pueda abarcar todo el mundo de lo que en forma general puede denominarse “afectivo”.10

EL IMAGINARIO SOCIAL Y EL ROL DE “GUARDIACARCEL”

La trama de significados -imaginario social- que sustenta las instituciones de una sociedad, se comunica de generación a generación. Esos significados objetivados de la actividad institucional se conciben como un “conocimiento” y se transmiten.11Justamente, los orígenes de toda institución, son precisamente, las tipificaciones de quehaceres propios habitualizados. Estas tipificaciones aparecen en el envoltorio de un cúmulo de conocimientos objetivizado que es transmitido al individuo en el proceso denominado internalización. Es allí cuando se habla de “roles”. Los roles son tipos de actores … por definición estos tipos son intercambiables. 12 Esto significa que los actores desempeñan un rol que va siempre más allá de su carácter de individuos.

Cuando un individuo se apropia del rol pautado en su ámbito social, efectúa lo que se denomina una legitimación de “segundo orden” con relación a las objetivaciones de “primer orden” ya institucionalizadas.13

El nivel más profundo de legitimación, siguiendo a Berger – Luckmann, se efectúa en la apropiación del mismo universo simbólico. El universo simbólico se concibe como la matriz de todos los significados objetivados socialmente y subjetivamente reales; toda la sociedad histórica y toda la biografía de un individuo se ven como hechos que ocurren dentro de ese universo. Lo que tiene particular importancia es que las situaciones marginales de la vida del individuo también entran dentro del universo simbólico … Al llegar a este nivel de legitimación se crea todo un mundo … Los roles institucionales se convierten en modos de participar en un universo que trasciende y abarca el orden institucional … El universo simbólico permite el ordenamiento de las diversas fases de la biografía14

Recurriendo una vez más al concepto de Castoriadis, podría decirse que el “universo simbólico” -en tanto última legitimación de los significados objetivados en la actividad social- es la última objetivación del “imaginario social”.

Es importante comprender que, cuando la objetivación es “simbólica”, el acto comunicacional trasciende el mero uso funcional del lenguaje, en tanto código de significados más o menos unívocos, abriéndose a una comprención diferente del mismo, no sólo en su polisemia de sentidos inherente a su carácter de signo, sino también en sus significaciones denotativas, sugerentes. En definitiva, debe pensarse en el lenguaje desde su valor simbólico, y en los otros lenguajes de la cultura además del oral.

Al pensar en la institución carcelaria, debe contarse con que se trata de una objetivación simbólica del imaginario social. El actor que ocupa circunstancialmente el rol de agente penitenciario, (internaliza) legitima el imaginario social, en su nivel más profundo: es decir, se apropia del universo simbólico que transfiere la cárcel.

Es verdad que el acto comunicacional no puede pensarse exclusivamente desde un “modelo informacional”15, en cuanto que los roles de emisor – receptor son esencialmente intercambiables, y esto se cumple efectivamente en la comunicación de las instituciones a los individuos, de modo tal que los significados se construyen en la interacción del individuo (grupo de individuos) – universo sociocultural plasmado en las instituciones. Es decir, el mundo asumido (internalización) puede ser creativamente modificado o hasta re-creado,16en palabras de Berger – Luckmann. Es por ello que la sociedad es una realidad en permanente cambio.

Pero no debe perderse de cuenta que, cuando un agente penitenciario, con su actividad, legitima el imaginario social que sustenta la institución en la que se desarrolla, está apropiándose de un universo simbólico (la legitimación más profunda). Esto es, piensa su rol como inserto en ese universo que le da cabal sentido, y todo su universo remite a su rol y su rol remite a ese universo permanentemente. De modo que todo le habla de lo mismo.

En el imaginario de nuestra sociedad, subyacen representaciones tipificadas de personas en situación de conflicto con la ley penal, que no son congruentes con los desarrollos que en la misma sociedad han acontecido en los últimos años con relación a la conciencia adquirida sobre los DDHH, cambios que, como se ha dicho al comienzo de este informe, han sobrevenido a hechos de violación de los mismos DDHH, de magnitudes difíciles de representar.

La imagen del preso como “pervertido”, “delincuente irrecuperable”, “algo determinado por la genética”; la idea de justicia como “castigo”; la asociación de las situaciones de vulneración o de pobreza con el delito; la idea del pobre como “peligroso”; la asociación del delito con determinadas características étnicas, culturales (“portación de rostro”); la negación de conductas antisociales entre las clases más acomodadas y la atribución de todas ellas asociadas en forma indiscriminada a la persona que ha cometido un delito procedente de sectores empobrecidos; la negación frente a la posibilidad de diferenciar situaciones y analizar causas; la confusión entre privación de la libertad para resguardo de las personas, incluida la de aquel que es privado de la libertad y privación de la libertad como “castigo”; la confusión entre derecho y “beneficio” de aquel que se encuentra privado de libertad, la negación de cualquier proceso de resocialización, la idea de “el que mata tiene que morir”, el presupuesto de que el que se droga es una mala persona, etc. son algunas de las representaciones que no coinciden con la sensibilidad desarrollada respecto de los DDHH.

Estas imágenes son cultura. Están objetivadas en el universo simbólico que respira el agente penitenciario, a pesar de los esfuerzos que, desde el diseño y ejecución de políticas pertinentes, hacen las mismas instituciones del Estado para afianzar estos nuevos desarrollos en materia de DDHH.

El agente penitenciario internaliza simultáneamente estas significaciones en diferentes ámbitos:

  1. En primer lugar, en el ámbito de su procedencia. La mayoría de las personas que encuentra trabajo de guardias en nuestro sietema penitenciario, procede de clases populares, aquellas que paradójicamente nutren la mayoría de la población carcelaria. En el barrio, el imaginario social con relación al delito es el que se expresa en muchas de las ideas a las que aludimos. Las situaciones de discriminación entre personas procedentes de los mismos sectores precarizados son una triste escena obscenamente exhibida por los medios masivos con fines de lucro fácil.

  2. Entre el círculo de las personas privadas de la libertad. La imagen que la población carcelaria tiene de sí, es esta misma: feos, sucios, malos. Incluso, frecuentemente entre los círculos más jóvenes, se cultiva la idea de una “carrera” del delito, lo que supone una vocación, una predeterminación a actuar fuera de la ley, un “destino” asociado a los pobres, a los villeros. Esto se ha acelerado considerablemente en los últimos años, convirtiendo dichas representaciones en “productos culturales” con un marketing propio manejado por grandes capitales: la cumbia villera, la ropa del “pibe chorro”, la jerga propia de la cárcel (tumbera) extendida y confundida con la del barrio. El desarrollo de toda una simbólica propia, que logra (legítimamente) transfigurarse en arte, también arrastra, muchas veces, representaciones estigmatizantes relativas a las personas detenidas.

  3. En el mismo ámbito de los agentes penitenciarios. Los candidatos a la labor penitenciaria son injertados en un entorno que sostiene el mismo imaginario que el de la calle y el de los internos. Esto se potencia diariamente, porque los guardias están en contacto y en intercambio permanente con los internos, de modo tal que internalizan su universo simbólico. Además, el universo simbólico de la cárcel está plasmado en sus diseños arquitectónicos, en modalidades de intervención y de uso de recursos materiales, en gestos y modos de actuar y de referirse, en el discurso del guardia viejo.

La potencia de un universo simbólico es muy grande. En la cárcel la posibilidad de sortear la influencia de ese universo es proporcional a la posibilidad de sortear las rejas y las paredes.17 El lenguaje más importante que el agente penitenciario internaliza (y legitima) es el lenguaje de la pared. Justamente porque se trata de un imaginario objetivado en un universo simbólico.

La pared expresa y define al agente penitenciario como un “guardiacárcel” (“vigi”). La pared lo “clausura”, lo encierra en ese sentido. Le devuelve permanentemente lo que es. Tiene “vocación” de ladrillo en el muro, como el interno tiene “vocación” de pibe chorro. Ninguno de los dos puede salirse de ese rol porque cada uno parece “ser” eso. No es más que eso. Esto se ve reforzado por un discurso legitimador en el entorno: “éste no puede llegar a más” (lo que significa que es menos). En el caso del agente penitenciario, frecuentemente sueña con escapar al destino, si consigue un trabajo mejor. Vive su destino con resignación, y desearía “ser” algo mejor. La autoidentificación que frecuentemente se da en el interno como “pibe chorro” es menos resignada que la autoidentificación del agente penitenciario.

La representación de un trabajo “por vocación”, que integra el imaginario de nuestra sociedad, y disimula, en buena medida, el carácter constructivo de toda actividad humana, refuerza por otro lado la autoimagen del agente penitenciario, llevándolo a pensar “que no existe más que para ser esto”. Este sentimiento se refuerza, aún más, cuando padece algún tipo de carencias, como por ejemplo, el no haber podido terminar los estudios, y suma en su historia algunos fracasos personales, familiares. Cuando hay complejos de inferioridad, la autoidentificación con el “guardiacárcel” puede abonar incluso algunas posturas violentas.

La sociedad lleva en su ideario también, la tendencia a negar la intervención del agente penitenciario. No niega el rol del policía, pero el del agente penitenciario posee una imagen borrosa.

El agente penitenciario es compadecido, temido, sospechado y silenciado. En el imaginario de nuestra sociedad, en este rol, aún vive el “verdugo”. No vanamente la imagen tipificada (y efectiva) del verdugo lleva una capucha con la que oculta su rostro. Alguien que oculta su rostro es nadie para la sociedad. Difícil el papel de quien le toca ser nadie. En la antigüedad, nadie deseaba ponerse en el lugar del que debía ejecutar la pena.

Las imágenes persisten en nuestro imaginario, a pesar de que se intenta pensar la privación de la libertad desde otra perspectiva, la que concuerda con el desarrollo de la conciencia de los DDHH.

La persistencia de estas imágenes explica la tendencia a negar el rol penitenciario. De esto poco se habla. Alguien debe hacerlo, pero preferible no hablar de ello.

El Dr. Winnicot creía que aún antes de pensar en los dispositivos que contuvieran a los jóvenes en conflicto con la ley y privados de la libertad, debía pensarse en los dispositivos que pudieran contener a los agentes involucrados en su tratamiento. Estos dispositivos deberían contemplarse como espacios en los que los agentes penitenciarios puedan trabajar (individual y colectivamente) en la construcción del significado de su rol, atendiendo a la potencia del universo simbólico en el que están instalados.

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