Semblanza de un príncipe distraído

Somos súbditos del tiempo,  y el tiempo nos manda partir.

W. Shakespeare, Enrique IV

 

DEDICATIO

A los distraídos de hoy, cuya frivolidad como la de los distraídos de todos los tiempos, jamás merecería nuestra consideración, de no ser porque conspiran.

COMMEMORATIO

La noche del 14 de julio de 1789, el duque de La Rochefoucauld-Liancourt, llevó a Luis XVI, la noticia de la toma de la Bastilla y de la defección de las tropas reales ante el ataque del pueblo.

El rey preguntó: “-C’est une révolte?”

A lo que La Rochefoucauld respondió: “-Non, Sire, c’est une révolution”.

CONSIDERATIO

¿Sabrá, el príncipe, que cayó la Bastilla? ¿O es, que no lo han anoticiado?

Según veo, parece no advertir el ajetreado paso de ciertos hechos últimos que nos han cambiado. Y digo parece porque, efectivamente, sospecho que, no es que él, no sepa lo que pasa, sino que más bien, prefiere mostrarse como… distraído, ante ciertos entuertos.

Bien sabe callar, como decir: “-lo siento”, siempre con el mismo rostro lavado, con la candidez de la última de sus criadas.

¿No es afectada la perplejidad con la que se pregunta, qué es ese rumor creciente que asoma tras los muros del palacio? Hay un dejo en la caída de sus párpados, un fijar vacío y un brusco retirar de la mirada, que constituyen toda una posición y una estrategia.

Podría pensarse cualquier cosa del príncipe, menos que sea incapaz de maquinar. Para eso tuvo todo el tiempo de una vida holgada. Él, que aprendió a sobrevivir en medio de toda suerte de protocolos, no improvisa. No dice: “-¡oh!”, llevándose la mano a la boca sin haberlo ensayado en el espejo.

Su gesto de sorpresa es definitivamente cínico. En el arte de quitarle gravedad a los hechos, el príncipe es un experto. Hasta el último minuto, antes de partir al exilio dirá públicamente que son “habladurías” esos rumores que circulan por ahí, de que algo pueda estar pasando.

El príncipe sabe, pero prefiere aletargar el tiempo. Que no se note, al menos, mientras viva él, que algo ha cambiado, que ya no está en casa, que las copas de cristal perdieron su antigua música cuando brinda con sus comensales en la mesa plebeya que le dio refugio.

El sigue siendo “el príncipe” y los obsecuentes de alrededor se encargan de asegurárselo.

Pero la exagerada recurrencia al término “señor” en las interpelaciones de sus mucamos; su timbre impostado que se le ha pegado en los oídos, cuando está solo, en silencio, lo hace llorar de nostalgia. Porque, el príncipe sabe que su reino se ha esfumado, que aunque lo niegue ya no reina, más que sobre una pila de recuerdos vagos, de una época de glorias pasadas.

¿Qué cruel conjuro hizo que fuera él, el que tuviese que asistir en vida al triste espectáculo de la “décadence”?

Hubiese preferido no vivir a ver este bochorno.

Pero he aquí que tiene él y no sus nobles ancestros, las asentaderas puestas en este incómodo taburete, que el destino le canjeó por su trono, y como la corte lo educó para los buenos modales, mucho más que para las privaciones de la vida de campaña, entonces, ¡valgan las buenas normas del viejo protocolo! ¡Sobreviviremos aunque sea en un barril, pero con clase!

***

¿Se habrá enterado el príncipe, que los pueblos soberanos eligen libremente a sus representantes, que discurren sobre sus propias leyes y que suscriben a constituciones aprobadas por el voto de la mayoría?

– ¡Suscribiremos, suscribiremos! dirá moviendo pausadamente la cabeza en la sobremesa, mientras pela la manzana con los cubiertos de plata del tatarabuelo. Y su gesto será concesivo. Pero maldecirá, por lo bajo, ese virus herético que ha pervertido las mentes de sus súbditos.

Ellos tendrán su paga, se dice a sí mismo, y se dispone a aguardar pacientemente el ocaso de la peste que ha hecho creer a los hombres vulgares el cuento cuento de la libertad:

-¿Para que la quieren?

-¿Qué van a hacer con ella?

-¡Se nota que nunca han soportado el peso de tener que tomar decisiones!

-¡Se nota que no saben lo que es añorar la inocencia cuando se tiene poder!

El príncipe se consuela pensando en el día en que volverán a buscarlo, para recuperar a alguien que decida por ellos, que los quiera, que los absuelva.

Por eso, desde su ingenua distracción el príncipe conspira. Espera confundir, sembrar la duda.

-¿Es que no ha habido esos movimientos de los que hemos escuchado últimamente?

-¿Es que no han llegado ya los hombres que disciernen según sus propias conciencias?

-¿Es que no es más que una quimera esa pretendida libertad y no puede prescindirse, en realidad, de la espuela afilada y de la voluntad omnímoda del príncipe?

-Yo he vivido los tiempos felices –dirá- en que no reinaba la anarquía. Allí donde las cosas eran lo que eran y donde todas las preguntas recibían respuestas o no se preguntaba. Donde todo era claro.

-Los sediciosos lo han confundido todo. Seguro que Satanás los inspira, porque la confusión viene siempre del diablo.

-Ya están esos de nuevo, gritando por las calles, agitadores, chusma de burdel. ¿Qué quieren?

El príncipe sabe qué quieren, porque sabe, mejor que nadie, lo que ha pasado. Porque sabe, mejor que nadie, que la conciencia despierta no vuelve al sueño. ¿Acaso no lo perdió hace tiempo?

Ellos han venido de las sombras, justamente para ocupar sus largas noches de insomnio. Ellos pujaron por un lugar y ahora están allí y saben y deciden.

-¡Qué mal gusto!

Desde su exilio, el príncipe, conspira contra el mundo. Las concesiones a las que se vió obligado para conservar su cabeza, fueron hechas… con altura. El las “permitió”, no fueron meramente sus “circunstancias”.

Pero en su corazón las detesta. Encerrado en su cuarto juega frente al espejo con sus viejas capas y con sus coronas. Su conciencia lo tortura, sabe que no puede volver y no desearía nada más en el mundo que poder hacerlo.

Entonces, cuando esa terrible contradicción lo sumerge en oscuras cavilaciones, se ve asaltado por el más espantoso de los deseos conspirativos:

“-¡Sí! yo estoy muerto. ¡Qué se mueran todos conmigo!”

EXHORTATIO

Señor príncipe, los hombres ya no le creen;

créame Usted, si le digo que,

siento profundamente, que haya llegado tarde

a la edad de la caballería.

Pero, sepa, Señor, que no hay regreso.

Usted podrá gritar, ordenar, decretar.

Usted podrá soñar, y poblar sus sueños de carrozas y de cortejos,

de fastuosos banquetes y de ataviados cortesanos.

Pero no podrá detener la insobornable marcha de la historia.

Podrá haber otros tiempos de dominación,

de absolutismos y de dictaduras,

en otros mundos lejanos,

pero nunca más serán, los suyos.

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