LA VERDAD SIMBOLICA, UN CAMINO PARA VOLVER A SER NIÑO II*

  • Represión y Regresión de la Libido:

Cuando el instinto es entorpecido o inhibido por la oposición interna de los arquetipos, se produce una retención y una regresión del mismo. La regresión retrotrae a veces a la libido hasta la etapa presexual, recuperando su originaria polivalencia indiferenciada. Cualquier cantidad de libido devuelta a esa etapa por la regresión , encuentra en ella diversas posibilidades de aplicación. La consecuencia de la represión y la regresión es que se ocupa un objeto análogo que aparece en lugar del reprimido. Si la regresión ha llegado hasta la fase presexual, esta aporta los elementos de la nutrición: aparece por ejemplo, la madre nutricia. La regresión conduce en este caso a reanimar a la madre como objeto del deseo, pero simbólicamente con el carácter de nutricia.

Al considerar toda libido como sexual, Freud, cree que el problema del incesto es lo que provoca la regresión de la libido a los padres. Esto sería lo que crea símbolos, síntomas y situaciones que deben interpretarse como “incestuosos”. De esta fuente provendrían todos los temas incestuosos de la mitología, que son tan abundantes. La regresión sería, de esta manera, una fijación pasiva de la libido en los primeros objetos de la infancia, revestida de una envoltura incestuosa. Pero, ocurre que la sexualidad no es el único instinto, ni la instintividad se identifica puramente con la sexualidad. Por tanto, la represión no es siempre, represión de una libido sexual, sino que se relaciona de modo general con el conjunto de la vida instintiva. La regresión provocada por la represión de los instintos, conduce siempre al pasado psíquico, a la infancia, donde el papel de los padres era decisivo. Cuando la regresión va más allá de la infancia, o sea, hasta la fase prenatal, preconciente, surgen imágenes arquetípicas, que ya no se asocian a recuerdos individuales, sino que pertenecen al heredado tesoro de posibilidades de representación, que nacen de nuevo con todo ser humano.1

Cuando se analizan los contenidos constantes de ciertos mitos de diversa procedencia y cultura, hallamos un mitologema reiterado: el deseo ardiente de volver a las entrañas maternas, a fin de renacer, esto es, de hacerse inmortal, como el sol.2 El proceso mitopoyético reemplaza muchas veces, la madre por la ciudad, la fuente, la cueva, la iglesia, etc. Esta sustitución proviene de que la regresión de la libido reanima caminos y procederes infantiles, vinculados sobre todo a la relación con la madre. También a la relación con el padre, pero, por razones obvias, la relación con la madre prevalece, es más primordial y más profunda. Pero lo que antaño era natural y útil para el niño, constituye para el adulto un peligro psíquico que se expresa mediante el símbolo del incesto. Gracias a este tabú del incesto que se opone a la libido y la mantiene en su camino regresivo, ésta última puede dirigirse a los símbolos maternos producidos por lo inconciente. Y así, la libido vuelve a hacerse progresiva. El finalismo de esa transferencia, es particularmente ilustrativo cuando en lugar de la madre aparece la ciudad: la fijación infantil significa una paralización para el adulto, mientras que la vinculación con la ciudad fomenta sus virtudes cívicas y le procura una existencia útil.

La libido encuentra en los mitos y en los sueños diversos símbolos, como el sol, el árbol, la madre, el falo. Siempre se trata de un símbolo de la libido y no de una alegoría de tal o cual objeto concreto. Pues un símbolo fálico (el árbol, el gorro frigio) no significa el órgano sexual, sino, la libido, e igualmente cuando aparece claramente como tal, no alude a sí mismo, sino que representa un símbolo de la libido. En efecto, los símbolos no son signos o alegorías para una cosa conocida, sino que tratan de indicar una realidad poco conocida o desconocida del todo. El tertium comparationis de todos estos símbolos es la libido. Su unidad de significado sólo estriba en que son metáforas de la libido. Por tanto, cuando aparece la imagen de la madre, en un sueño, no se trata pues, de la madre verdadera, sino de la libido del hijo, cuyo objeto fue en otro tiempo la madre. Es la energía inconcientemente activa, la que se viste con imágenes. Por eso, si aparece por ejemplo, la imagen de una maga perversa, es preciso traducir: el hijo es incapaza de apartar su libido de la imago materna, de la madre, encuentra resistencia porque está fijado en la madre (235)

  • Perspectiva teleológica o finalista en la teoría de los símbolos

En Freud, a la “teoría sexual” de la libido le corresponde la “interpretación causalista” de los símbolos. Es decir, si la libido es puramente impulso sexual, el obstáculo que reprime la libido sexual es siempre la prohibición del incesto, explicada por la remisión a la teoría de la ley impuesta por un padre primordial en la horda de machos. Los símbolos serían sucedáneos motivados por la represión del instinto sexual. Es decir, que se trataría siempre de imágenes incestuosas. De este modo, la causa del nacimiento de los símbolos que forman el inconciente personal, está en la prohibición del incesto. A Jung no le satisface esta explicación causalista de los símbolos, como tampoco le satisfacía, la explicación sexual de la libido.

Aquí Jung vuelve sobre dos cosas que son fundamentales en la crítica a Freud: en primer lugar, que la prohibición del incesto no es un fenómeno primario, como parece serlo en Freud. Es decir, lo que motivó la prohibición del incesto, es el miedo a las consecuencias del debilitamiento que implica el incesto, en contraposición a las ventajas que para la supervivencia de la tribu acarrea el modelo exogámico. La sexualidad como tal no es factor de miedo en la tribu primitiva, ya lo hemos dicho, en cambio si el hambre, la enfermedad, que amenazan la supervivencia. Lo segundo es que la base fundamental del deseo incestuoso no es la cohabitación sino la peculiar idea de volver a ser niño, de volver a la protección de los padres, de introducirse en la madre para ser parido nuevamente por ella. Lo que se busca es el renacimiento. Desde esta perspectiva los símbolos no se explican como sucedáneo de un deseo incestuoso de cohabitación con la madre, sino como energía psíquica que busca un camino, -esto es lo que Jung llama una perspectiva finalista o teleológica, no causalística- que espera transformarse progresivamente.

Es claro que, en la perspectiva jungiana, los símbolos no son producto de la prohibición del incesto sino que son anteriores a ésta, e incluso son considerados, los mismos símbolos arquetípicos, como el obstáculo interno que provoca el miedo y encamina a la represión de los instintos y a la posterior transformación de esta energía psíquica.

Se pregunta Jung: ¿Es correcta la interpretación “causalista” freudiana según la cual la formación de los símbolos sólo puede explicarse por la obstaculización de la tendencia primordial al incesto, y por consiguiente como mero producto sucedáneo?La llamada “prohibición del incesto”, que interviene en este caso, no es en sí, un fenómeno primario, sino que depende del primitivo sistema de clases de matrimonio, mucho más importante, que a su vez constituye una necesidad vital de la organización de la tribu. Por ende, en este caso trátase más de un fenómeno que debe explicarse teleológicamente, que de meras causalidades 3. Es preciso destacar que, en especial, el mito solar prueba claramente que la base fundamental del deseo incestuoso no es la cohabitación sino la peculiar idea de volver a ser niño, de volver a la protección de los padres, de introducirse en la madre para ser parido nuevamente por ella. Pero el incesto, esto es, la necesidad de volver a entrar de alguna manera en el cuerpo de la madre, obstaculiza el camino que lleva a esa meta. Uno de los caminos más sencillos consistiría en fecundar a la madre y volver a engendrarse idéntico a sí mismo. Más a ello se opone la prohibición del incesto; de aquí que los mitos solares o de renacimiento utilicen todos los posibles símiles de la madre a fín de que la libido fluya en nuevas formas, impidiendo así eficazmente la regresión a un incesto más o menos real. Uno de los medios, por ejemplo, consiste en transformar a la madre en otro ser o en rejuvenecerla para hacerla desaparecer, es decir, retransformarla en ella misma después del nacimiento. Lo que se busca no es la cohabitación incestuosa sino el renacimiento. El obstáculo opuesto por la prohibición del incesto fomenta la inventiva de la fantasía: por ejemplo, se intenta embarazar a la madre mediante un encantamiento mágico de fecundación. Los ensayos permanecen en la etapa de la fantasía mítica, tienen empero un resultado a sber: ejercitan la fantasía que, poco a poco, creando posibilidades, abre caminos por los cuales la libido podrá circular y activarse. De tal suerte, la libido se espiritualiza imperceptiblemente. En las religiones esto se ha vuelto sistema.

  • La Función transformadora del símbolo:

El Nuevo Testamento nos proporciona un magnífico ejemplo de esa desviación espiritual de la libido: en el curso del coloquio con Jesús, sobre el renacimiento, Nicodemo no puede impedirse de considerar el asunto en forma realista (materialista, concretista): ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Podrá acaso entrar por segunda vez en el seno de su madre y nacer? (Jn. 3, 3 ss.)Jesús procura entonces depurar y elevar la concepción materialista de Nicodemo y, en el fondo, proclama lo mismo, aunque no es lo mismo: En verdad, en verdad, te digo, que si el hombre no nace del agua y del Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que es nacido de la carne es carne, y lo que es nacido del Espíritu es espíritu. No te maravilles de que te dije que es necesario nacer de nuevo. El viento sopla donde quiere y puedes oír su sonido, más no sabes de dónde viene ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu.

La idea de la fecundación de la madre por el hijo, para que ésta lo de a luz nuevamente, es rechazada, y se sustituye por la exigencia de expresarse simbólicamente en punto al problema del renacimiento. En la invitación de Jesús a Nicodemo reconocemos esa exigencia: No pienses carnalmente, de lo contrario eres carne. Piensa simbólicamente, y entonces eres espíritu. Es evidente que esta imposición de lo simbólico puede ser muy educativa y útil. Nicodemo permanecería en la más chata trivialidad, si no lograra elevarse mediante el símbolo, por sobre su concretismo. Las palabras de Jesús tienen un poder de sugestión tan grande porque formulan verdades fundadas en la estructura psíquica del honmbre. La verdad empírica no libera al hombre de sus ataduras sensibles, puesto que sólo le enseña que siempre fue así y que tampoco podría haber sido de otro modo. En cambio, la verdad simbólica, que sustituye a la madre por el agua, o al padre por el espíritu o fuego, ofrece un nuevo camino a la libido ligada a la llamada tendencia al incesto4, la libera y la encamina hacia una forma espiritual. Así el hombre como ser espiritual vuelve a ser niño nacido en un círculo de hermanos; pero su madre es la “comunidad de los santos”, la iglesia, su círculo de hermanos: la humanidad, con la cual se une de nuevo en la herencia común de la verdad simbólica.5

Jesús se esfuerza en hacerle aceptable a Nicodemo la percepción simbólica de las cosas6 , es decir, algo así como una paliación de la realidad auténtica. La libido es una inclinación natural, es como el agua que necesita un declive para poder fluir. Tiene que haber representaciones que atraigan a la libido. El carácter especial de éstas, reside en el hecho de que sean arquetipos, es decir, formas universalmente existentes y heredadas, cuyo conjunto constituye la estructura de lo inconciente. Cuando Jesus habla a Nicodemo del espíritu y del agua, éstas no son representaciones cualesquiera, sino típicas, que desde antiguo representan elementos fascinantes de la psique humana. Jesús toca el arquetipo, y, si algo ha de convencer a Nicodemo, será eso, ya que los arquetipos son aquellas formas o cauces por los cuales fluyó desde siempre el río del acontecer psíquico.

Como ya se ha mencionado, el problema de la formación de los símbolos está en relación con los procesos instintivos, puesto que, de éstos proviene la fuerza motríz del símbolo. El símbolo pierde todo sentido si no se leopone, como resistencia al instinto, del mismo modo que los instintos desordenados sólo conducirían a la perdición del hombre si el símbolo no les diera forma. La base del símbolo es el arquetipo inconciente, aunque la figura aparente proviene de las representaciones adquiridas por la conciencia. Los arquetipos son elementos estructurales numinosos de la psique y poseen cierta autonomía y energía específica en virtud de la cual pueden atraerse los contenidos de la conciencia, que les convengan.

Los símbolos funcionan como transformadores,7puesto que transfieren la libido de una forma inferior a otra superior. Esta función es tan importante, que el sentimiento le atribuye los máximos valores. El símbolo actúa sugestivamente, es decir, convincentemente, y expresa, al propio tiempo, el contenido de la convicción. Actúa convincentemente en virtud del numen, o sea, de la energía específica propia del arquetipo. La vivencia de éste es impresionante y emocionante. Produce naturalmente una fe.8

Hay un símbolo arquetípico recurrente en el mito, que representa la misma transmisión de la libido a un equivalente simbólico de la madre, o sea, a una situación espiritual. Este es el sacrificio queno representa una regresión sino el mismo proceso de transformación de la libido.

  • Más allá de la Regresión.

En el mito y en los sueños, la madre es el representante simbólico de lo inconciente. Es el aletargamiento, el dormirse confiado en el regazo materno, el reposo. El mundo seguro de los padres.9 La beatitud del sueño, es como un vago recuerdo de la calma de la primera infancia, cuando ninguna resistencia perturbaba todavía el tranquilo curso de la vida que despierta. Hacia tal estado nos vuelve a llevar siempre y cada vez más, nuestro íntimo anhelo, y de él tiene que emanciparse siempre de nuevo, la vida activa, con lucha y ansiedad mortal, para no caer en un estado de letargo.10 Cuando la tarea de adaptación que debe realizar el individuo frente a una nueva situación cualquiera en la vida requiere grandes exigencias que pueden provenir del exterior o del interior, de la misma psique del individuo, entonces la intensidad del anhelo retrospectivo se vuelve insoportable. Toda vez que se vacila en la tarea de la adaptación, se culmina en una regresión.

Pero, volviendo al problema que Jung ve en la teoría freudiana, dicha perspectiva se detiene en el aparente objetivo de la regresión, esto es, el retorno al infantilismo o la llamada sexualidad infantil, el incesto y la fantasía del útero materno. Aquí tiene que detenerse la razón ¿cómo se podría retroceder más allá del útero materno? El concretismo tropieza aquí con una muralla. Por otra parte la moral de fundamento religioso se abalanza sobre la tendencia regresiva y trata con todos los medios de reprobación, de impedir el retorno sacrílego a la madre, para lo cual, cuenta con el apoyo involuntario de la orientación concretista biologicista de la psicología freudiana. Lo que rebasa los cuadros de la conciencia personal con facilidad permanece inconciente y se presenta en forma proyectada, es decir, la tendencia instintiva, violentamente combatida por su exigencia regresiva, se atribuye a la madre. Pero la proyección no es un remedio, sólo en apariencia impide el conflicto, pues lleva a una neurosis que permite huir en la enfermedad.

En la visión de Jung, contrariamente a esto,la terapiatiene queapoyar la regresión,11 y ello hasta que alcanza el estado prenatal. Aquí ha de tenerse en cuenta que la madre es, en realidad una imago. La madre como primera encarnación del arquetipo del anima personifica todo lo inconciente. Por lo tanto, sólo en apariencia, la regresión vuelve a conducir a la madre. Esta, en realidad, es una puerta que se abre a lo inconciente, al “reino de las madres”. Quien entra en él, somete su personalidad yoica a la dominante influencia de lo inconciente. La regresión, cuando no se la entorpece, en modo alguno se detiene en la madre, sino que, más allá de ésta, se remonta a un eterno femenino, por decirlo así, prenatal, esto es, al mundo primigenio de las posibilidades arquetípicas, donde, entretejido de imágenes de toda criatura, el hijo divino asiste aletargado al nacimiento de su conciencia. Ese hijo esel germen de la totalidad que lo caracteriza mediante símbolos que le son peculiares. En la oscuridad de lo inconciente se esconde -usando una imagen arquetípica recurrente en los cuentos- un “tesoro” difícil de alcanzar y muy preciado. Vale aquí recordar la parábola del hombre que encuentra un tesoro en un campo, y vende todo para adquirir ese campo. O el coleccionista de perlas finas que vende todo lo que tiene, a fin de adquirir la más valiosa que ha hallado. (Mt. 13, 44-46) El fin último, aunque inconciente de la regresión, es otorgarle a la libido, una posibilidad de vida y progreso espirituales o simbólicos. Al expresarse, los símbolos sirven para que la libido regresiva no se quede detenida en la corporeidad materna como puente y signo. En el coloquio de Nicodemo con Jesús, se presenta claramente el dilema: por una parte, la imposibilidad material de volver al seno materno, y por otra, la posibilidad del renacimiento desde el agua y el espíritu. Jesús le propone a Nicodemo traspasar la puerta del seno materno arquetípico, para progresar simbólicamente, superando así la regresión.

  • La aparición del símbolo de la lucha mítica del héroe:

Si la regresión a la madre se detiene allí, entonces el individuo queda sumido en esa introversión máxima, queda fijado en la madre nutricia. Esta sería una regresión “infantil”. Pero si la regresión es aparente, entonces se da lugar a una introversión encaminada a un fin, que sería la desviación de la libido en un equivalente simbólico. El individuo se sumerge en una introversión máxima, en lo inconciente colectivo. es allí cuando aparece en el análisis terapéutico de los sueños y de la imaginación activa, la figura arquetípica del héroe y su lucha mítica con el dios que surge de lo inconciente, como imagen refleja transformada de la conciencia introvertida. El héroe es tal porque sintiendo en cada dificultad de la vida la resistencia contra el fin prohibido, combate esa resistencia, con todo el ardor que le inspira el deseo de conquistar el tesoro inaccesible, deseo que paraliza y mata al hombre común. El héroe lucha contra ambos padres: el padre imposibilita la regresión y la madre acoge y retiene en sí la libido regresiva, 12 con lo cual halla la muerte (mitologema del cautiverio o del viaje nocturno a través del mar) quien busca el renacimiento. Por la senda que conduce al fin de desviar la libido en un equivalente simbólico, el héroe vence al padre y a la madre (mitologema de la lucha contra el dragón), vence a los padres, o sea a la sujeción a los vínculos infantiles. La relación con la madre es la más profunda. Una vez vencida ésta, al abrirse el acceso a su equivalente simbólico, puede renacer en figura renovada.13 El héroe sale entonces, fortificado. La victoria contra las fuerzas paralizadoras de lo inconciente otorga al hombre nuevas energías creadoras. Allí está la fuente de toda creación. Pero es necesario valor heroico para luchar contra los padres y arrancarles el “tesoro difícil de alcanzar”.14

La figura del héroe-redentor, aparece en los mitos y en los sueños, como fruto del ingreso de la libido en la profundidad maternal de lo inconciente, en todas las culturas, en incontables lugares de nuestro planeta, bajo todas las formas imaginables, con todos los matices posibles específicos de su época.15

El renacimiento expresado en la figura de este héroe de los sueños y mitos, que lleva a cabo la hazaña de derrotar a su adversario terrible, consiste en transformar al ser natural indómito en un poder a disposición del hombre, y acabar con la amenaza mortal de lo inconciente que, en la figura de los padres negativos, pesa sobre la conciencia de yo. Lo primero significa la generación de la voluntad, lo segundo, la posibilidad de usarla libremente.16Si bien la imago materna, por una parte, se convierte en el máximo peligro para el héroe, por eso mismo, pasa a ser también, por otra parte, la fuente de sus hazañas y su ascensión. Su ascensión significa un renacimiento de la conciencia desde las tinieblas, es decir, desde la regresión a lo inconciente.17

  • El sacrificio del héroe como auto-sacrificio:

En realidad, cuando aparece en sueños, la imagen arquetípica de la lucha del héroe, se está operando un desdoblamiento de la psique del soñador; puesto que él mismo está representado por el dragón, en cuanto está apegado a la madre, y él aparece al mismo tiempo en la figura del héroe que vence al dragón, en cuanto renacido de la madre. Hay símbolos arquetípicos, como el huevo o la serpiente que representan esta misma naturaleza paradójica de la psique. El huevo es el símbolo del hombre que penetra en sí mismo, se convierte en su propio útero, se embaraza a sí mismo. Esta autoincubación está íntimamente relacionada a la introversión. Introvertirse es adentrarse en sí mismo, penetrar en lo inconciente. Este adentrarse en sí mismo es un sumergirse en la noche de lo inconciente, por lo que implica ascetismo, renuncia, es un auto-sacrificio.18 La hazaña del héroe mítico, en realidad es un sacrificio, un sacrificio de sí mismo.19 Mediante tal sacrificio, se renuncia simbólicamente a la libido para recuperarla en una forma renovada. A través de éste, se produce la renovación y el renacimiento espiritual del individuo. Es la experiencia de los místicos cristianos. El tema del desdoblamiento de sacrificador-sacrificado, es recurrente en los mitos y religiones. Obviamente está presente de manera prototípica para nosotros, en la figura de Cristo.20 Este rol doble de sacrificador y sacrificado indica que el hombre lucha contra sí mismo y al vencerse se rejuvenece. El arquetipo del héroe está habitado por esta contradicción:21 lucha contra sí mismo, se mata, se quema, a sí mismo, pero, al mismo tiempo se rejuvenece, renace. Este, es el doble aspecto benéfico y nocivo que se halla presente en los dioses paganos, y que se va atenuando, en la medida que cada uno de los aspectos se va personificando separadamente en el símbolo de un dios especial. En el caso de la figura de Cristo este doble aspecto no aparece sino en la antinomia Cristo-Anticristo (remito a la nota sobre este tema).

  • Desde la Regresión a la integración de los contenidos inconcientes en la conciencia, a través del símbolo:

En la regresión, el hombre se hunde en el recuerdo de la infancia y así desaparece del mundo presente. En apariencia, se va a parar a las tinieblas más profundas, pero entonces, se tiene la inesperada visión de un mundo del más allá. El mysterium que se percibe representa ese tesoro de imágenes primarias que como un don de la personalidad, trae todo hombre a la existencia; esa suma de formas innatas que son propias de los instintos. Jung llama a este psique potencial: lo inconciente colectivo. Si ese estrato es animado por la libido regresiva surge la posibilidad de una renovación de la vida o de una destrucción de la misma. Regresión consecuente significa vincularse de nuevo con el mundo de los instintos naturales que constituye una materia primigenia aún en el aspecto formal, ideal. Si esa materia puede ser captada por la conciencia, dará lugar a una reanimación y ordenación.22 La conciencia puede captar esa materia a través de los símbolos de naturaleza arquetípica. Pero si por el contrario, la conciencia resulta incapaz de asimilar los contenidos que irrumpen en lo inconciente, se produce una situación amenazadora, puesto que los nuevos contenidos conservan su figura originaria, caótica, arcaica, haciendo estallar así la unidad de la conciencia. El trastorno espiritual que de allí resulta se llama, consecuentemente, esquizofrenia, es decir, disociación mental.23 Cuanto más se acentúa el abismo entre la conciencia y los contenidos inconcientes, tanto más se aproxima la disociación de la personalidad que en las personas neuróticamente predispuestas lleva a la neurosis, y en las propensas a la psicosis, a la esquizofrenia, a la descomposición de la personalidad.

Todos los esfuerzos de la terapia deben orientarse a aminorar la disociación y eventualmente a suprimirla integrando en la conciencia las tendencias de lo inconciente.24 Normalmente, los impulsos de lo inconciente se realizan en forma inconciente, instintivamente, de tal modo que el correspondiente contenido espiritual se deja a un lado, pero éste se desliza inconcientemente en la vida conciente del espíritu, aunque bajo disfraces diversos. Esto puede ocurrir sin dificultades, cuando en la conciencia existen representaciones de naturaleza simbólica. Es en este contexto que Jung, recuerda la máxima de los alquimistas: habentibus symbolum facilis est transitus. Pero, cuando existe cierta disociación, que en casos viene de la infancia, todo progreso de lo inconciente aumenta la distancia entre ello y la conciencia. Por lo tanto, se vuelve necesaria la terapia para suprimir la disociación.Así lo expresa el Dr. Jung: En todo caso de disociación surge la necesidad de la integración de lo inconciente en la conciencia. Se trata de un proceso sintético de individuación que yo he denominado “proceso de individuación”. Este proceso corresponde en rigor al curso natural de una vida, en la cual, el individuo llega a ser lo que siemprer fue. 25 El terapeuta tendrá que ayudar a educar la conciencia a fin de que pueda captar los contenidos de lo inconciente colectivo.26 Por eso, las representaciones colectivas tienen una función psicoterápica27en el proceso de integración de los contenidos inconcientes en la conciencia. A través de aquellas, cabe entender las relaciones arquetípicas de los productos de lo inconciente.

  • Conclusiones:

A la luz de lo expuesto, me parece importante señalar algunas líneas conclusorias que no pretenden ser tanto, una aseveración fundada, como unas pistas para ulteriores investigaciones.

  1. Es absolutamente destacado el lugar que ocupa el análisis de las imágenes oníricas en la terapia. Esta, se presenta, en gran medida, como una hermenéutica práctica de los símbolos de lo inconciente, a fin de lograr la integración de sus contenidos en la conciencia. Esta hermenéutica no es semiótica sino simbólica. Es decir trabaja con símbolos vivos concebidos, tal como Jung lo aclara, no como alegorías ni signos, sino como la mejor forma posible de acceder a un material que de alguna manera permanece desconocido mientras siga siendo símbolo. El símbolo es tal mientras conserve esa ambigüedad constitutiva que lo hace ser conocido y desconocido. Es esa propiedad que suele caracterizarse con el concepto de mysterium.

  2. El Dr. Jung a llegado a la valoración positiva del símbolo y al amplio desarrollo de su concepción, sin dudas, gracias a la superación de la perspectiva freudiana que ataba demasiado el desarrollo de símbolos, por un lado, a la patología, considerados así como síntomas y por otro, a una concepción puramente personalística de lo inconciente.

  3. Es indudable también que en Jung hay una superación de la perspectiva “sexista” del psicoanálisis. Esto le da mayor amplitud para comprender los procesos de lo inconciente sin reducirlos28 a una libido sexual reprimida. Por esta razón, en la visión freudiana hay una idea parcial negativa de lo inconciente, básicamente comprendido como un ámbito de represión. Esto se conecta con lo anteriormente dicho sobre la perspectiva patológica de lo inconciente. Se pierde la riqueza de la consideración de los contenidos simbólicos de lo inconciente, que en sí mismos son, como Jung gusta reiterar, un tesoro, un patrimonio de la humanidad.

  4. En la perspectiva freudiana, la regresión es un camino sin salida. Hay que denunciarla para detenerla. En la perspectiva jungiana, la regresión es un camino que conduce a un fin. La óptica finalista es fundamental en su pensamiento. La terapia acompaña el proceso de desarrollo de la personalidad psíquica. Esto que llama Jung el “proceso de individuación” y que no es hegemonía del yo, de la conciencia, pero tampoco es sumersión en lo inconciente. Por tanto, hay una visión positiva de un proceso regresivo que es necesario acompañar hasta el final para que haya un redireccionamiento simbólico de la libido regresiva.

  5. La perspectiva positiva frente a la regresión y el descubrimiento del valor terapéutico del símbolo, me permiten comprender la función transformadora de los símbolos como un camino para volver a ser niño, usando el lenguaje metafórico que el mismo Dr. Jung emplea. Tengo conciencia de ciertos reparos que Jung pone cuando utiliza la imagen de niño. El mismo reconoce una regresión infantilista, a la que naturalmente no me refiero cuando hablo de esta vuelta al niño. Uso esta expresión, por dos razones. Primero porque el regreso al niño no posee en Jung, una connotación puramente sexual, es decir, un sentido de deseo de cohabitación con la madre; por tanto, la libido regresiva no se detiene en ella, sino que avanza hacia el renacimiento, que es lo realmente buscado en la, así llamada, tendencia incestuosa. El regreso al niño es así, símbolo del renacimiento espiritual o simbólico. En segundo lugar, uso esta expresión porque, según nos enseña el Dr. Jung, el niño es arquetipo del sí-mismo29, que constituye el conjunto íntegro de todos los fenómenos psíquicos que se dan en el ser humano.30 Es símbolo de la totalidad psíquica y por eso, uso la imagen del regreso al niño, como el reencuentro del individuo con la totalidad psíquica, con el sí-mismo, en el proceso de individuación.31

  6. El presente trabajo tiene conexión con una vía de investigación que me gustaría abordar, esto es, responder a la pregunta de si el símbolo de niño, tal como lo usa en sus escritos el filósofo Nietzsche, no señala paradigmáticamente, un modelo de hermenéutica simbólica, en el sentido como aquí se ha presentado la terapia jungiana, camino de reconciliación del hombre con el mundo del mito y del dogma deshechado por el racionalismo. Tomo como un reto la sabia expresión del Dr. Jung: En vez de insistir cómodamente en la fe, los teólogos deberían esforzarse más bien, en ver cómo se puede hacer posible esa fe. Pero para ello habría que proceder a una nueva fundamentación de la verdad simbólica, que no solo hablara al sentimiento, sino también al entendimiento.32

1 Jung, Carl G. SdT, op. cit. Pg. 193-194.

2 Jung, Carl G. Op. cit. Pg. 226.

3 Jung, Carl G. Op. cit. Pg. 236.

4 Es claro que en todo momento, para Jung, la tendencia al incesto significa tendencia al renacimiento, y no a la cohabitación con la madre.

5 Jung, Carl G. Op. cit. Pg. 239

6 En un párrafo memorable, el Dr. Jung plantea la necesidad de dar lugar hoy al pensamiento simbólico, dado el anquilosamiento de los símbolos de las religiones tradicionales. Si bien ha habido cambios hoy, a comienzos del siglo XXI (por ejemplo, el surgimiento de nuevas corrientes religiosas), respecto de la época en que nuestro autor escribe , la situación de los teólogos cristianos representantes del pensamiento oficial de la Iglesia católica, y presumiblemente de otras también, es básicamente la misma. Sabido es lo importante que fue para la historia de la civilización que se pensara y se piense de ese modo. En la actualidad es tan necesario como nunca el buscar a la libido una derivación desde lo netamente racional y realista. Y no porque la racionalidad y el realismo hayan aumentado, sino porque los guardianes y custodios de las verdades simbólicas, a saber: las religiones, han perdido su eficacia frente a las ciencias. Ni siquiera las personas inteligentes entienden ya para qué pueda servir la verdad simbólica, y los representantes de las religiones descuidaron de elaborar una apologética adecuada a la época. Nada dicen una persistencia en el mero concretismo del dogma, una ética por si misma o una mera humanización de la figura de Cristo, sobre la cual se han hecho, hasta ensayos biográficos insuficientes. En la actualidad la verdad simbólica ha sido sacrificada sin defensa a la intervención del pensamiento científico inadecuado a ese objeto, y, en el estado en que hoy se encuentra, ha demostrado que no puede competir con él. La exclusiva invocación a la fe es una desamparada petición de principio, puesto que es precisamente la patente inverosimilitud de la verdad simbólica lo que impide creer en ella. En vez de insistir cómodamente en la fe, los teólogos deberían esforzarse más bien, en ver cómo se puede hacer posible esa fe. Pero para ello habría que proceder a una nueva fundamentación de la verdad simbólica, a una fundamentación que no hablara sólo al sentimiento, sino también al entendimiento. Y esto sólo puede lograrse reflexionando a qué se debe que la humanidad sintiera la necesidad de inverosímiles postulados religiosos, y qué significa que el ser-así del mundo, tangible y perceptible por los sentidos, se subordinara a otra realidad espiritual tan enteramente distinta (…) En la actualidad, el psicoterapeuta médico tiene realmente que aclarar de nuevo a sus pacientes cultos, las bases de la vivencia religiosa y hasta enseñarles el camino que a ella conduce cuando esa vivencia es posible. Por consiguiente, si yo como médico e investigador científico analizo los compplicados símbolos religiosos y me remonto a sus orígenes, lo hago pura y exclusivamente con el porpósito de conservar, mediante el entendimiento, los valores que representan y poner a la gente en condiciones de pensar simbólicamente, como podían hacerlo todavía, los pensadores de la Iglesia primitiva (…) La indiferencia religiosa no es un progreso, sino un retroceso. Ocurre como en el individuo que abandona una forma de adaptación sin tener otra que la sustituya, infaliblemente volverá por regresión a la senda antigua (…) En la actualidad hay innumerables neuróticos que lo son sencillamente porque no saben a qué se debe que no pueden ser felices a su manera, ni siquiera saben cuál es su mal. Y hay todavía muchos más normales que se sienten oprimidos e insatisfechos porque ya no tienen un símbolo que pueda servir de cauce a la libido Jung, Carl G. SdT, op. cit. Pg. 239-240. El Dr. Jung considera que el hombre occidental se halla en un serio problema: la desprotección por el derrumbre de los símbolos tradicionales: Sabemos cómo, (…) un trozo se desplomó tra el otro y cómo se llegó a la terrible pobreza de símbolos que hoy predomina (…)Quien ha perdido los símbolos históricos y no puede contentarse con “sustitutos”, encuéntrase hoy en una situación difícil: ante él se abre la nada, frente a la cual, el hombre aparta el rostro con miedo (…) Esta pobreza la hemos heredado de nuestros padres (…) Nuestro intelecto ha hecho conquistas tremendas, pero, al mismo tiempo, nuestra casa espiritual se ha desmoronado (…) Hoy llamamos a los dioses: factores, lo que viene de facere: hacer. En la conciencia somos nuestros propios señores; aparentemente somos los factores mismos. Pero si cruzamos la puerta de entrada a la sombra descubrimos con terror que somos objetos de factores. El saber eso es decididamente desagradable, pues nada decepciona más que el descubrimiento de nuestra insuficiencia (…) todas las épocas anteriores a nosotros creían aún en alguna forma, en dioses. Fue necesario un empobrecimiento sin igual del simbolismo para volver a descubrir a los dioses en forma de factores psíquicos, o sea, como arquetipos (…) Por eso tenemos hoy una psicología y por eso hablamos de lo inconciente. En una época y en una cultura que tuviesen símbolos, todo eso sería superfluo… Jung, Carl G. Arquetipos e Inconciente Colectivo, edit. Paidós, Barcelona, 1997. Pg. 19-30.

7 Jung, Carl G. SdT. Op. cit. Pg. 245.

8 Creo que es pertinente agregar aquí la observación que, desde la psicología hace Jung, a la cuestión de la fe. Puesto que una actitud considerada desde la óptica jungiana como de pseudo-fe, es decir asentimiento por costumbre y comodidad, constituiría una forma de infantilismo inaceptable y no el camino de volver a ser niño contemplado en el pensamiento de Jung. Según éste, la fe legítima proviene siempre de la vivencia [del arquetipo]. Pero hay además una fe que se funda exclusivamente en la autoridad de la tradición. También esa fe puede calificarse de legítima, puesto que el poder de la tradición constituye una vivencia importante. Pero tal clase de fe entraña el peligro del mero hábito, de la indolencia espiritual, y de la inercia cómoda y sin ideas, que amenaza provocar una paralización, y por ende, un retroceso de la cultura. Esa dependencia que se ha tornado mecánica, corre parejas con una regresión psíquica a la infantilidad puesto que los contenidos tradicionales pierden poco a poco su sentido peculiar, y ya sólo se los cree formalmente, sin que esa fe tenga la menor influencia en la vida. Detrás de ella ya no hay un poder vital. La ensalzada infancia de la fe sólo tiene sentido cuando el sentimiento de la vivencia permanece vivo. Mas cuando se pierde, existe el peligro de que la fe constituya sólo una dependencia consuetudinaria infantil, que sustituye y hasta impide el esfuerzo de llegar a una nueva comprensión. Esta es la situación que, a mi parecer, existe en la actualidad. Jung, Carl G. SdT, op. cit. 245.

9 La referencia a los padres solo es en sí, un modo de decir. En realidad el drama se desarrolla en una psique individual, en la cual “los padres” no son ellos mismos, sino sus imágenes representaciones que surgieron del encuentro entre el carácter de los padres y la disposición individual. Estas imagines son dirifgidas y animadas por una fuerza instintiva que pertenece al individuo, proviene de la esfera instintiva y se manifiesta como instintividad. Jung, Carl G. Op. cit. Pg. 336. Adjudico una limitada significación a la madre personal. Todos los efectos de la madre sobre la psique infantil no provienen meramente de la madre personal, sino más bien, del arquetipo proyectado sobre la madre, que le da un fondo mitológico, autoridad y numinosidad. Jung, Carl G. AeIC, op. cit. Pg. 76.

10 El hombre debe separarse de la madre para alcanzar su apogeo, luchando contra un cruel enemigo que cree tener frente a él pero que, en realidad, lleva en sí mismo: el peligroso anhelo del abismo propio, de ahogarse en la propia fuente, de ser arrastrado hacia el reino de las madres. Su vida es una lucha incesante con la muerte, una violenta liberación de la noche, siempre al acecho. Esta muerte, no es un enemigo exterior, sino una intensa ansia personal de la quietud y la calma profunda de un no-ser conciente, de un dormir lúcido en el mar del devenir y el perecer. Aún en su esfuerzo supremo hacia la armonía y el equilibrio, hacia las alturas de la contemplación filosófica y el entusiasmo artístico, [el hombre] busca la muerte, la inmovilidad, la saciedad y el reposo. Jung, Carl G. SdT, op. cit. Pg. 362.

11 Jung, Carl G. Op. cit. Pg. 339.

12 El hombre es amenazado por el espíritu del mal que es el miedo, la prohibición, que, con artera mordedura de serpiente, inocula en el cuerpo , el veneno de la debilidad y la vejez. Es todo lo regresivo, lo que amenaza con la sujeción a la madre y con la disolución y extinción en lo inconciente. Para el hombre heroico, el miedo es un requisito y un problema puesto que sólo la audacia puede liberarlo de él. Si no se corre el riesgo, algo se destruye en el sentido de la vida, y todo el porvenir queda condenado a insubsanable vulgaridad, a una penumbra que sólo es iluminada por fuegos fatuos. Jung, Carl G. Op. cit. Pg. 360.

13 Jung, Carl G. Op. cit. Pg. 344.

14 (…) La madre posee la libido del hijo, y es así mientras el hijo no tenga conciencia de su sí mismo. En lenguaje psicológico significa que en la imago materna, es decir, en lo inconciente está escondido el tesoro difícil de alcanzar: con ese símbolo se indica un secreto de la vida. Cuando tales símbolos asoman en sueños individuales, con ellos se alude a algo así como un centro de la personalidad total, de la totalidad psíquica, integrada por lo conciente y lo inconciente.Jung, Carl G. Op. cit. Pg. 368. El tesoro que el héroe arranca de la cueva oscura, es la vida, es él mismo, renacido de la cavidad oscura de las entrañas maternas en que lo había sumido la introversión o regresión. Jung, Carl G. Op. cit. Pg. 378.

15 Jung, Carl G. Op. cit. Pg. 352.

16 Jung, Carl G. Op. cit. Pg. 359.

17 Jung, Carl G. Op. cit. Pg. 363.

18 Lo esencial del drama mítico no es la materialidad de las figuras; es inoperante cuál sea el animal sacrificado (…) lo único que importa, es que tiene lugar un sacrificio, esto es, que en lo inconciente se opera un proceso de transformación, cuya dinámica, contenidos y sujeto, son, en sí mismos, inconcientes, pero que resultan visibles indirectamente para la conciencia, porque suscitan un material de representaciones que se halla a disposición de la conciencia, y hasta cierto punto, se visten con este material, como los danzarines con pieles de animales… Jung, Carl G. Op. cit. Pg. 427.

19 Se trata de un sacrificio a la madre terrible, esto es a lo inconciente, que espontaneamente, atrajo hacia sí, la energía de la conciencia, por haberse ésta última, apartado demasiado de sus raíces. En el sacrificio, por un lado, la conciencia renuncia a su propiedad y poder, en aras de lo inconciente (…) se torna posible, entonces, una unión de contrarios, cuya consecuencia es un despliegue de energía. Y por otro lado, el acto del sacrificio tiene el sentido de fecundación de la madre. El héroe deviene así inmortal, puesto que, como el sol, el héroe también se reengendra mediante su auto-sacrificio y su vuelta a la madre. Jung, Carl G. Op. cit. Pg. 429.

20 Cristo ejemplifica el arquetipo del sí mismo. Representa una totalidad de índole divina o celeste, un ser humano transfigurado (…) Cristo es para nosotros la analogía más inmediata del sí mismo y su significado. (…) Aunque los atributos de Cristos permiten reconocerlo sin lugar a dudas, como encarnación del sí mismo, considerado desde el punto de vista psicológico, corresponde solo a una mitad del arquetipo. La otra mitad se manifiesta como el Anticristo, el cual evidencia igualmente al sí mismo, solo que consiste en su aspecto oscuro. Para conocer las razones teológico-históricas por las cuales se produjo en Occidente el desdoblamiento del arquetipo Cristo-Anticristo, es conveniente completar la lectura de esta obra que aquí hemos citado: Jung, Carl G. Aion, Contribución a los simboolismos del Sí-mismo, edit. Paidós, Barcelona, 1997. Pg. 50-57, ss.

21 Quizá la contradicción inherente en el símbolo del héroe que se mata sí mismo, se funda en la misma naturaleza dual de la libido; ella contiene en sí una tendencia progresiva que co-existe con una tendencia regresiva. La libido no es solo la voluntad de vivir similar a la voluntad universal de Schopenhauer, en la cual, la muerte es una fatalidad que viene de afuera. La libido, a semejanza del sol, quiere también su propia ruina, su involución. Mientras que en la primera mitad de la existencia quiere crecer, en la segunda indica, primero de modo quedo, luego perceptiblemente, que su objetivo se ha modificado… Jung, Carl G. SdT, op. cit. Pg. 435.

22 Es esclarecedor completar esto con la exposición del proceso de formación del símbolo que Jung describe en Tipos Psicológicos: El símbolo es de naturaleza compleja(…) no es ni de naturaleza racional, ni irracional. La abundancia de presentimientos y la preñez de significado del símbolo son cosas que hablan tanto al pensar como al sentir(…) Por lo tanto, no puede surgir unilateralmente de las funciones espirituales sino que ha de surgir también, en igual medida, de los movimientos más bajos y primitivos. Para que sea posible tal cooperación de estados opuestos es preciso que ambos coexistan de modo conciente en plena oposición (…) entonces se crea una detención del querer, pues ya no es posible querer, dado que cada motivo tiene a su lado el motivo opuesto. Como la vida no tolera nunca una detención, surge entonces un estancamiento de la energía de la libido, que conduciría a un estado intolerable si, de la tensión de los opuestos, no surgiese una nueva función unificadora, que lleva más allá de los opuestos. Ahora bien, esa función surge de modo natural de la regresión de la libido causada por el estancamiento. Dado que la total discordia de la voluntad ha hecho imposible un progreso, la libido corre hacia atrás, la corriente refluye haciala fuente, por decirlo así, esto es, dada la detención e inactividad de la conciencia, surge una actividad de lo inconciente, donde tienen su raíz común arcaica, todas las funciones diferenciadas (…) La actividad de lo inconciente saca entonces a la luz un contenido constelado en igual medida por la tesis y la antitesis [funciones espirituales-movimientos bajos y primitivos] y que se comporta con ambas de manera compensatoria. Como ese contenido muestra una relación tanto con la tesis como con la antitesis, forma una base intermedia en la cual pueden reunirse los opuestos. En la oposición entre la sensorialidad y la espiritualidad, el contenido intermedio, nacido de lo inconciente ofrece, en virtud de su abundancia de relaciones espirituales, una expresión aceptable a la tesis espiritual, y aprehende, en virtud de su carácter sensorial visualizable, la antitesis sensorial (…) Si la expresión inconciente se conserva, forma una materia primaque se convierte en objeto de la tesis y la antitesis. Con ello se transforma en un contenido nuevo que anula la desintegración e impone un cauce común a la fuerza de los opuestos. Así queda anulada la paralización de la vida, que puede volver a fluír con nueva fuerza y nuevas metas. La materia que en su proceso de formación unifica a los opuestos es el simbolo vivo . He llamado función trascendente a todo este proceso. Jung, Carl G. TP, op. cit. 559-562.

23 Jung, Carl G. SdT, op. cit. Pg. 406.

24 Jung, Carl G. SdT, op. cit. Pg. 439. La integración de los contenidos inconcientes en la conciencia [a través de los arquetipos], que representa la operación fundamental de la psicología compleja [psicología de Jung] (…) elimina la soberanía de la conciencia subjetiva del yo y lo enfrenta con los contenidos inconcientes colectivos. Jung, Carl G. AeIC, op. cit. Pg. 162.

25. Jung, Carl G. AeIC, op. cit. Pg. 46.

26 El metodo terapéutico de la psicología compleja [jungiana] consiste, por un lado, en hacer conciente lo más acabadamente que sea posible la constelación de contenidos inconcientes, y, por el otro, en una síntesis de éstos con la conciencia por un acto de reconocimiento. Jung, Carl G. AeIC, op. cit. Pg. 47.

27 Jung, Carl G. Op. cit. Pg. 439.

28 Dice Jung respecto de la concepción freudiana que ese trata de un método reductivo: es aquel método psicológico de interpretación que concibe el producto inconciente no desde el ángulo visual de la expresión simbólica, sino como algo semiótico, como síntoma o signo de un proceso suyacente. Jung, Carl G. TP, op. cit. Pg. 548, pfo. 886.

29 El Niño Divino como símbolo de la Totalidad y de la Unidad. Jung, Carl G. A, op. cit. Pg. 44. Este niño milagroso es el símbolo del sí-mismo (…) En muchas obras de arte el Crsito Niño es pintado como la esfera del mundo, o con ella, un motivo que claramente dentoa el sí-mismo, porque un niño y una esfera son símbolos universales de totalidad. Von Franz, M-L. El Proceso de Individuación, en Jung, Carl G. El Hombre y sus Símbolos, Luis de Caralt editor, Barcelona, 1976. Pg. 216.

30 Jung, Carl G. TP, op. cit. Pg. 562, pfo. 916.

31 No se trata de que el yo sea asimilado por el sí mismo, ni que el si-mismo sea asimilado por el yo. Para ampliar esta cuestión: Jung, Carl G. A, op. cit. Pg. 38 ss.

32 Jung, Carl G. SdT, op. cit. Pg. 240.

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