LOS NUEVOS LEVIATANES

HOBBES

Las concentraciones transnacionales de poder son socias; hacen negocios entre sí: hablan o callan, actúan o dejan actuar, siempre en interés de los que detentan el poder, o sea, en interés de sus negocios.

Las concentraciones transnacionales de poder cuentan hoy con un arsenal mediático. Se contrata para esto, agentes mediáticos que se especializan en la investigación de los flancos vulnerables del ocasional adversario de sus negocios. A partir de esto, los agentes mediáticos montan un proyecto de operación para herir al adversario exactamente en estos puntos, con el fin de “neutralizar o aniquilar” (por usar la tristemente célebre expresión de los decretos del ejecutivo de 1975 que intentaron legitimar el terrorismo de Estado en Argentina). Estos proyectos de operaciones mediáticas son almacenados como alternativas de intervención y se elige poner en ejecución uno u otro, según se juzga conveniente, cuando se da la orden, como ofensiva o como respuesta contraofensiva a una jugada del adversario.

 El objetivo de estas operaciones mediáticas nunca es voluntad de justicia, o de probar un hecho delictivo, fin que siempre debe reservarse al poder judicial de un Estado político, tal como es reconocido, tanto por los mismos agentes mediáticos (que no tienen ningún interés real por la justicia) como por los ciudadanos de cualquier Estado. El objetivo es el daño directo al adversario en el campo de batalla de la opinión pública bajo la convicción de que el dominio de la opinión pública favorece sus negocios. Esto puede denominarse la “guerra de la publicidad”. Es sabido que en el terreno de la publicidad, se existe o no socialmente, se hace nacer y se hace morir.

Por tanto, el objetivo de las operaciones mediáticas siempre es “político”, nunca jurídico, en el sentido de que se busca empoderar o proteger los poderes fácticos para los que se trabaja en el gran ágora de la opinión pública.

Ante una intervención particular de algún adversario, se escoge, entre el arsenal de proyectos de operación mediática, aquel que se considere adecuado coyunturalmente. Algunos proyectos pueden dormir un buen tiempo como dossier en el escritorio de los agentes de las concentraciones transnacionales de poder, y de pronto se ponen en ejecución, con la misma lógica con que operó siempre la prensa: se almacena artículos y se espera el momento adecuado para que sean “publicados” o no.

Los Estados políticos se ven atrapados en la lógica que rige esta guerra de la publicidad. Esto es natural. Pues en la democracia moderna, la lucha por el dominio de la opinión pública ha sido tradicionalmente, la arena del debate político entre los grupos que administran el poder del Estado y los que constituyen la oposición y buscan en algún momento reemplazarlos.

 El problema es que en esta arena de la opinión pública aparecen, desde hace algún tiempo, gladiadores que representan nuevas formas de concentración de poder, más difíciles de visualizar, a veces transnacionales o paranacionales, que no son ya los poderes de los Estados políticos, sino concentraciones de poder que resultan con mucho más poder que varios Estados políticos. Las triangulaciones y las ramificaciones en estos tejidos de poder son interminables, y la concentración de poder se vuelve, por ende, interminable.

Las nuevas concentraciones de poder presentan batalla por el control de la opinión pública en un terreno que tradicionalmente pertenecía a los agentes de los partidos, los que buscaban hacerse cargo de la gestión del Estado. Las nuevas concentraciones de poder no persiguen de ninguna manera este fin, sino el de controlar a la opinión pública a sólo efecto de favorecer sus negocios. Ni siquiera se trata ya de ejercer el poder del Estado (“puesto menor”) para enriquecerse a partir de ello, conducta de larga data entre los políticos corruptos de las democracias modernas (negocios con proveedores del Estado, etc) Se trata aquí de usar, neutralizar e inutilizar los poderes de los Estados. La gestión pública ya no es negocio para las concentraciones de poder,  desde que ellas han adquirido definitivamente mucho más poder que los Estados. El rol que se pretende de los Estados políticos es, cuanto mucho, el de la simulación, para que el poder de facto sea invisible. ¡Qué otra cosa era, sino una pobre comedia, por ejemplo, el Estado político boliviano hasta la llegada de Evo Morales!

El dominio de la opinión pública ya no se pretende por el asalto al poder del Estado, sino directamente, en un combate de pares, en el mismo ágora infinitamente globalizado y tecnologizado, combate en el cual quedan confundidos y mal pertrechados los antiguos actores de la política: los políticos.

No hay jurisprudencia suficientemente desarrollada que regule la acción de las nuevas concentraciones de poder. Las políticas de DD.HH pusieron límite al totalitarismo del Estado. Pero no hay límites hasta ahora, para las nuevas concentraciones de poder que ostentan frecuentemente un poder mayor al de muchos Estados políticos. Actúan sobre la opinión pública con la fuerza de un Estado político. Matan y hacen desaparecer mediáticamente (y también físicamente, en la medida en que el poder absoluto se vuelve impune) con una potencia inusitada. Pero se defienden desde el lugar de la víctima, como si se tratase de “particulares damnificados”.

 La misma dinámica del capitalismo que engendró a los nuevos “Leviatanes” es la que sofisticó el mercado de los medios en la guerra de la publicidad. El arte y la ciencia de la publicidad es arte marcial. Los políticos desorientados, con ánimo de intervenir protagónicamente en la disputa, intentan hacer, desde hace tiempo, sólo lo que les dicen sus asesores de imagen, es decir, se maquillan y representan papeles, como clowns y mimos de las megaconcentraciones de poder.

Cuando el poder de un Estado intenta no someterse a este escenario es llevado a la confontación directa con los nuevos poderes en el terreno de la opinión pública, a una guerra mediática con arsenal bastante limitado. Entonces las megaconcentraciones de poder, les golpean las espaldas con suficiencia patriarcal, y les dicen: – ¡no vale la pena semejante esfuerzo!  How much?   

        

2 Comments on “LOS NUEVOS LEVIATANES

  1. Entre los peligros y las amenazas que proceden de esas dos místicas, la del mercado y la del control gubernamental, es donde todos hemos de encontrar el camino para encauzar las actuaciones hacia el bien general y soslayar el temor hacia las tendencias a las concentraciones, en cuanto pueden acarrear la pérdida del pluralismo en la opinión pública al reducirse las posibilidades de una expresión libre e independiente.

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